Los ingredientes olvidados de la felicidad

August 12, 2018

La palabra felicidad está entre las más buscadas en Google. Al parecer, un gran número de personas en todo el mundo están inquietas por comprender cómo experimentar la vida de manera más feliz.

 

Se realizan seminarios, conferencias, talleres, cursos, existen investigaciones, libros, artículos y todo tipo de escritos que intentan aportar al tema, y este, es quizá uno más. Sin embargo, el propósito no es presentar una receta “mágica” al respecto, no se trata de cosas por hacer o dejar de hacer, de cosas por comprar o de lugares por visitar, más bien, el objetivo es poner sobre la mesa algunas actitudes que, con base en mi experiencia académica, profesional y ante todo personal, descubro que pueden ser consideradas como esos otros “ingredientes” (distintos al dinero, las cosas, la palaya, etc.) que nos acercan a la felicidad. 

 

 

La primera actitud es para mí la más importante y fue (y a veces es) la más difícil de desarrollar y mantener. Se trata de la HUMILDAD. En su etimología, está palabra proviene de la raíz latina “Humus” que traduce tierra, hacía referencia a lo humano buscando la diferencia con lo divino, es decir, es una palabra que nos invita a poner los pies en la tierra y reconocer la diferencia entre lo imperfecto humano y lo perfecto divino. Y usted y yo, estimado lector, ajeno a si se tiene una idea o no de lo divino, hacemos parte de lo primero, de lo imperfecto. Ser humilde nos permite aceptar esa “perfecta imperfección” de la vida, de las circunstancias, de las relaciones y de nosotros mismos. La humildad nos permite comprender y aceptar que no podemos tener todo, saber todo, lograr todo, poder todo, vivir todo y hacer todo; nos permite comprender y aceptar que los planes también son para perderlos, que la vida no “debería” ser de ninguna forma sino que sencillamente la vida es, que las desgracias también nos corresponden, que las historias de amor terminan, que las personas cambian, que un “no” también es respuesta, que la vida no precisa ser explicada sino vivida. Comprender y aceptar lo imperfecto nos humaniza y siendo más humanos la felicidad encuentra posibilidades de ser vivenciada.

 

 La segunda actitud es aceptar la propia VULNERABILIDAD. Para muchos es también una tarea difícil, pues de alguna manera les han hecho creer que deben ser fuertes. En su etimología, proviene de una palabra compuesta en latín, “Vulnus” que significa herida y el sufijo “habilis” que significa posibilidad, es decir, la vulnerabilidad es la condición humana donde ser herido o dañado es una gran posibilidad. Todos somos vulnerables, todos tenemos altas posibilidades de ser heridos o dañados en el cuerpo, en la estima, en los sentimientos que se entregan, en los objetivos que se pretenden, en lo que creemos ser, en las finanzas, en cualquier área de la vida.  Cuando aceptamos la propia vulnerabilidad, aceptamos también nuestra humanidad tal cual es; dejamos de vivir en universos paralelos y aceptamos el propio, el verdadero. Aceptar la vulnerabilidad y saberla hospedar es ser congruente con lo que somos como humanos y con la vida misma, es aceptar que no somos tan fuertes como para que ciertas vivencias no duelan, es saber hospedar el dolor, conocer su mensaje, aprender de él para luego dejarlo partir. Esa vivencia nos habrá transformado y nos hará más conscientes de qué se trata la felicidad.

 

La tercera actitud es EXPRESAR los sentimientos. Constantemente estamos sintiendo la vida, experimentamos sentimientos agradables, bonitos, de esos que alegran y sacan sonrisas. Pero, también experimentamos sentimientos desagradables como la tristeza, la frustración, la desesperanza, la pérdida, el miedo; estos últimos nos hacen pasar malos ratos y se volverán peores si no los expresamos. Las emociones y lo sentimientos deben convertirse en palabras, sean escritas o habladas, pero deben salir, ya que si quedan dentro atoran el alma y un alma atorada enferma el cuerpo y no podrá ser feliz. Cuando convertimos en palabras las emociones y sentimientos quedando plasmados en una nota, en una carta que no se entregará, en una oración, en un soliloquio o en una historia, abrimos las compuertas del corazón y dejamos salir aquellos sentimientos que agobian y aunque las cosas afuera sigan igual, adentro nos sentiremos diferentes, más tranquilos, con más paz, por tanto, más felicidad.

 

La cuarta actitud es PERDONAR. Nunca será fácil hacerlo, pero siempre será indispensable si queremos añadir un “ingrediente” más a la vivencia de la felicidad. Perdonar es la decisión consciente de no tener en cuenta una falta o deuda, es liberar a otro de la culpa y liberarse a sí mismo del dolor. Cuando otro nos hace daño sentimos dolor y la fuerza de ese dolor dependerá de la acción recibida, de la persona que la realiza y del significado que tiene para cada uno. Cuando se hace daño la acción justa es decir la verdad y resarcir, sin embargo, hay circunstancias donde quien hace daño no puede o no quiere ser responsable de la verdad o de resarcir el daño y no conviene esperar toda la vida a que lo haga, ya que es posible que nunca lo haga. Perdonar nunca es una obligación moral, es una acción que emerge de la libertad personal y de la comprensión de su efecto benéfico en la salud emocional y mental. Perdonar es soltar, es liberar las manos para recibir, es dejar descansar del dolor al corazón.

 

 

La quinta actitud es el SENTIDO DEL HUMOR. Según algunas investigaciones, las personas con más sentido del humor tienden a tener mejor salud mental. La palabra Humor viene del latín “humoris” que hace referencia a liquido o humedad. Los antiguos griegos consideraban que en el cuerpo humano habían cuatro tipo de humores, sangre, bilis negra, bilis amarilla y flema y de ahí se derivan los ya conocidos temperamentos sanguíneo, melancólico, colérico y flemático, que según la teoría hipocrática, primera teoría científica de la personalidad (pero desactualizada) las personas son de cierto modo dependiendo de los niveles de estos cuatro humores y cuando una persona tenía un equilibrio de estos cuatro humores eran considerada como de “Buen humor”. No todas las personas tienen el mismo sentido del humor, ya que como se dijo anteriormente es una característica que se deriva del temperamento, es decir, hay un componente genético en ello. Sin embargo, el sentido del humor es también una actitud que se aprende y se desarrolla. Algunos van por la vida amargándose por los mas mínimos detalles, por el día soleado o por la lluvia, por una comida simple o salada, por la tardanza del transporte, por una equivocación en público, por el liquido que riega el niño, por la mugre en la ropa del hijo que juega, por la broma de la pareja, en fin, por cosas pequeñas, que no merecen dañar un momento. En la vida enfrentamos situaciones verdaderamente complejas, pero por lo general son muy pocas, así que no tiene mucho sentido andar por la vida dramatizando las situaciones pequeñas, por el contrario, podemos aprender a reírnos de ellas y de son ostros mismos, cuando lo hacemos, un nuevo ingrediente entra a sumar a la vivencia de tu felicidad.

 

Un buen plato debe llevar todos los ingredientes y la felicidad no se trata solamente de lo que se puede tener, comprar y vivir, también se trata de una actitud ante la vida. En la medida que le agregas humildad, aceptas la propia vulnerabilidad, expresas tus sentimientos y emociones, decides perdonar y te ríes más de ti mismo y de las pequeñas cosas, un buen plato de felicidad se está cocinando para ser servido en la mesa de tu vida.

 

Wilmer Palomares Potes

Psicólogo.

Magister en psicología.

Pscoterapeuta y docente univeritario.

Director del Instituto LOGOS

 

 

 

 

 

 

 

 

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